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El Madrid tabernario de un ex tempore

Nacido el 25 de diciembre y fallecido a los 33 años bromeó como alterego de Jesucristo a pesar de ser un ácrata sin-dios. Personalidad inescrutable y centrado en el super-yo fue capaz de encerrar en sí tres deidades: Jesucristo, Judas y Kropotkin. El primero por la ya citada coincidencia; el segundo porque dejó sin existencias de la cerveza belga a más de un supermercado; y el tercero porque fue el primero en vindicar el anarquismo en las sombras del Madrid tabernario de la zona centro: Moncloa, Malasaña y Huertas.

Fernando d Romero, profesor de español en Florida y autor del mejor, y único, análisis de cuentos brasileños en español hasta la fecha, La cuentística brasileña 1953-1978, cuenta con un extenso anecdotario digno de la bohemia madrileña del XIX. Muchas semejanzas con Max Estrella y más aún con Valle-inclán hicieron de su fina estampa un clásico del centro madrileño: un cráneo privilegiado llegado desde Vigo. Brasileño de adopción y bahiano de corazón nunca contó con el beneplácito de la carpetovetónica Universidad Autónoma. Acabo sus días exiliado en la Florida como profesor-lector de español en un recóndito colegio de West Palm Beach. Madrid fue su ciudad de adopción aunque fuera un apátrida gallego que asimiló a la perfección el chulapismo del foro; más bien, él adoptó a Madrid porque en realidad poco cobijo le dio. Alguna noche pasó al raso bajo el clarividente cielo madrileño.

Fernando y servidor frente al Hotel Baltimore en Coral Gables (Miami)

Las estancias en el Loui-loui, bar para iniciados del Madrid malasañero golfo, eran litúrgicas: allí se oficiaba al empinar el codo; se corregían faltas de ortografía en carteles de locales de copas a las de las cuatro de mañana y ante la atónita mirada de adolescentes aprendices de lo cool; se entablaba diálogo con las musas al abrigo de una servilleta de papel donde la lírica dio pábulo al romanticismo. Se arregló el mundo no a golpe de futbolín sino a través del arte de la escritura apresurada, hostil y transgresora. La decadencia personal se descubrió entre las bambalinas de la psicodelia rockera de La Movida en la Vía Láctea al tiempo que la madurez cultural a través del cafés irlandés del Pepe Botella. 

Más tarde la ya auto definida bohemia trasladó sus derroteros al centro madrileño, concretamente al barrio de las letras-Huertas. Interminables pintas de cerveza que entre gaseosos estertores inundaron de declamaciones filosóficas el rellano del bar Hylogui, frente a Las Cortes. Conciertos de música celta repetitiva en la Fontana de Oro entre staut y pilsen cuando no lager alargaban la noche hasta terminar en La Fontanería rodeados de coitos visuales que nunca llegaban a nada. La vuelta a casa bajando por Amor de Dios hasta Atocha, girando por Paseo del Prado para terminar en Cibeles donde esperaba el búho atestado de vomitonas y largas esperas frente al fantasmal bus Cibeles/Cibeles, siempre parado en bucle eterno de trayectos desde el mismo sitio hasta ninguna parte con parada en medio de la nada.

En los cafés el postureo no era norma. La institución de la tertulia no buscaba la admiración externa sino interna. El intento de convencimiento, sin éxito, sí era norma. Era una arma cargada de futuro. Gran parte de lo que somos hoy es gracias a las largas charlas literarias del Café Gijón, las musicales del Populart y las medio pensionistas del Círculo de Bellas Artes. Fernando, con gabán negro, mal humor persistente, mal olor acumulado y cascada de ideas cada cual más radical y más periférica también se hizo un poco gracias al resto de los presentes. Sin reconocerlo y sin tiempo para ello.

Años divertidos con escaso dinero pero con imaginación desbordante que con una sencilla historia conducía a Fernando hacia las quiméricas empresas de la frase hecha, del eslogan estético y del atentado ideológico de la inminente revolución social, la mayor parte de las veces solo en su cabeza.

Fue un extempore, geográficamente desubicado e intelectualmente en las postrimerías del éxito arrollador o anclado al placer Cioranesco de la auto inmolación. El ejemplo de que la extinción lleva necesariamente al olvido a excepción de las artificiales rememoraciones que, como esta, cae en el inútil deseo de volver atrás para recrear lo que una vez ilusionó y que nunca más volverá a producirse de la misma manera ni por los mismos medios. Ex tempore, al margen del tiempo, o que vivió mucho más rápido que su tiempo , claudica en el mismo presente. Sin conciencia no crece sino que nace y muere en el momento. Es ese éxito que solo se da una vez y por ello es irrepetible.

 

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About “Angel Peces”

Periodista Digital, blogger. Especializado en redes sociales, community management, motociclismo y tecnología multidisciplinar

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