periodismo

El periodista pregonero

Breve historia del periodismo fallido

Hay crisis que perviven en el imaginario desde el preciso momento en que nace la materia. Es el caso de la prensa española. Desde el periodismo primigenio de la Gaceta de Madrid (1697), nacido libre y conquistado por el poder como Boletín Oficial del Estado hasta el periomarketing de Encarna Sánchez en la Cope, nacido en los pingües beneficios publicitarios a golpe de, sin pudor, mezclar actualidad con publicidad. Fusión y confusión.

Entre medias estrepitosos fracasos de proyectos unos politizados como El Sol, no el de Urgoiti de 1917 sino el de Anaya de 1990; Diario 16, que tuvo su mejor época no con Pedro J. sino con el profesor Justino Sinova, el católico Ya, cuya decrepitud llegó de la mano de Antena 3; El Caso, sucesos al puro estilo The Sun que quedó relegado por la prensa del corazón, y un largo etcétera que en la era moderna (sin contar la prensa gratuita) conformaron un incoherente porvenir alumbrado por las numerosas facultades de Ciencias de la Información: fábricas de parados, de vendedores de televisores, teleoperadores y técnicos de telecomunicaciones venidos a más. Eran los 90′

Uno no se hace periodista para ganar dinero, uno se hace periodista para alimentar el ego de triunfos por lecturas. Esa sensación a victoria cuando sabes que te han leído y que se inunda con el tópico periodístico del alcohol.

Uno no se hace periodista para emular a Nieves Herrero en el triste caso de las niñas de Alcasser, no se hace periodista para terminar como el comunicador de raza Jesús Hermida en su programa La Mañana, variedades  para ocupar a amas de casa, en aquel entonces marujas al amparo de las María Teresa Campos y compañía. Perioreality, que dicen hoy.

Como anécdota de este mundo, hace un años, hablamos  de 2014, elaboré un experimento de campo que, como el que no quiere la cosa, me llevó hasta la sede del periódico El País. En la recepción pregunté por su Máster; me hicieron esperar 20 minutos (no es prensa gratuita). Al cabo de ese lapso, a través del frío teléfono, la abigarrada “funcionaria” dijo que toda la información estaba en la web. Imagínese usted si vengo de la Capadocia Ulterior. Pensemos por un momento que no tengo conexión, ni sé qué es una computadora. La señora “funcionaria” cree que la actividad comercial se limita a un escueto “visite nuestra web” Claramente hay un problema de actitud comercial y profesional en la casa de los padres del pensamiento único: Joaquín Estefanía y José Luis Cebrián. La beautiful people de los mejores años de la empresa periodística servil al político avezado.

Más tarde, bajo el paraguas de la crisis del ladrillo, surgieron todo tipo de empresas pseudo periodísticas animadas por el boom de internet o burbuja tecnológica: nacen las punto com. Los portales se suceden: terra.com, Lycos, Yahoo, Aol. La caja registradora de los gurús mass media se pasea por las grandes empresas a golpe de banner de publicidad.

El pelotazo de las punto com: “Aznalonga”

El éxito está asegurado porque el futuro es la información en la pantalla, multimedia fácil, e-mule para delinquir sin ir a la cárcel, el adiós a los derechos de autor. Villalonga, brillante en Telefónica, marcha a Miami para construir el paradigma digital. De aquello solo queda Terra Brasil: terra.com.br. El mismo pelotazo del ministro Solchaga cuando afirma que España es el país donde más rápido se puede hacer dinero: algunos se lo tomaron al pie de la letra.

El ladrillo está al llegar en los dos miles. Para aderezar tan animado debate únanse los esfuerzos de los ya decadentes portales con la avalancha de las redes sociales. El mundo 2.0 y el periodismo digital. Todo a través de Twitter, Facebook e Instagram. En esas estamos a excepción de que el concepto periodismo se apeó de la digitalización no por deseo propio sino por el caprichoso azar de la dictadura de las audiencias. Los gurús digitales caen en la cuenta de que el español no paga a cambio de contenidos. El español es, en todo caso, el contenido y el continente de la narrativa. El que consiga ser cronista del hoy ganará la épica periodística del ego hispano: algo tan sencillo como recuperar al pregonero de la actualidad.

 

 

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